Sabemos mucho… pero desaprendemos poco.

Dr. Ariel Leonor
Miembro Titular de la SDOG

La medicina moderna avanza a una velocidad sin precedentes. Cada año se publican miles de estudios, se actualizan guías clínicas y se redefinen estándares terapéuticos. La evidencia evoluciona, la tecnología transforma la práctica y los paradigmas cambian con mayor frecuencia que nunca.

Sin embargo, hay algo que parece avanzar mucho más lento que la ciencia: nuestra capacidad de cambiar con ella.

Sentado en un evento científico me hice una pregunta incómoda:
¿por qué nos cuesta tanto desaprender lo que aprendimos en la residencia o en nuestra formación inicial?

Adoptamos prácticas por tradición, por comodidad o por la autoridad incuestionable de un maestro. Muchas de ellas funcionaron. Muchas marcaron época. Pero la medicina no es estática; es dinámica, exigente, revisable. La evidencia cambia, los consensos se actualizan y el estándar de calidad se redefine constantemente.

Lo que ayer era incuestionable, hoy puede estar obsoleto.

Vivimos en la era del acceso ilimitado al conocimiento. Publicaciones actualizadas, metaanálisis, guías clínicas, congresos internacionales, expertos en cada plataforma. Nunca habíamos tenido tanta información disponible.

Y, sin embargo, seguimos haciendo muchas cosas igual que hace años.

Asistimos a congresos, escuchamos ponencias, asentimos convencidos… y al día siguiente volvemos a la misma rutina clínica. No porque ignoremos lo nuevo, sino porque desaprender resulta más difícil que aprender.

Aprender suma. Nos hace sentir que avanzamos.
Desaprender resta certezas. Nos obliga a cuestionar prácticas que defendimos, decisiones que enseñamos, protocolos que alguna vez consideramos incuestionables.

Ahí comienza la incomodidad.

El problema no es la falta de información. Es el exceso de convicción.

Con el tiempo, el conocimiento deja de ser un recurso técnico y se convierte en parte de nuestra identidad profesional. Ya no es simplemente una conducta clínica; es “mi manera de ejercer”. Cambiar deja de ser un ajuste técnico y se convierte en un desafío al ego.

Y el ego pesa.

Además, nuestro cerebro opera bajo sesgos bien documentados: sesgo de confirmación, aversión a la pérdida, resistencia cognitiva al cambio. Buscamos evidencia que respalde lo que ya creemos y minimizamos la que lo contradice. No siempre estamos desactualizados; muchas veces estamos aferrados.

Confundimos experiencia con infalibilidad.

Consumimos información y creemos que eso equivale a estar actualizados. Pero la verdadera actualización no se mide por lo que sabemos, sino por lo que modificamos en nuestra práctica.

Crecer no es acumular conocimientos; es tener la madurez para abandonar aquellos que ya no representan el mejor estándar disponible.

Aprender te hace sentir competente.
Desaprender te hace evolucionar.

Desaprender exige humildad intelectual. Exige reconocer que la ciencia avanza más rápido que nuestras costumbres. Exige entender que cambiar no es invalidar el pasado, sino honrar el presente con mejores decisiones.

La experiencia sin cuestionamiento no es sabiduría; es inercia.

En un mundo que cambia a una velocidad inédita, no se queda atrás quien sabe menos. Se queda atrás quien se aferra más.

Porque en medicina —y en la vida profesional— el verdadero progreso no está en cuánto acumulamos, sino en cuánto estamos dispuestos a transformar.